Cuando entras a una casa frente al mar, pasa algo curioso.
No cambia el mueble, no cambia la cama, no cambia la mesa.
Cambias tú.
Cambia cómo te ves, cómo te sientes, cómo hablas de tu vida.
No es lo mismo decir:
“Vivo en una ciudad llena de ruido y tráfico.”
Que decir:
“Vivo en Cancún, frente al mar.”
No es la casa.
Eres tú en ella.
Porque lo que compramos no es ladrillo.
Es identidad.
Es la historia que contamos de nosotros mismos.
Si quieres que tu historia cambie, escríbeme.
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