La primera vez que un cliente me dijo que solo compraba por “funciones” y no se dejaba llevar por las emociones, me acordé de algo:
Nadie se compra un Rolex para ver la hora.
Nadie paga extra por un coche deportivo porque “funciona mejor” que un sedán normal.
Y nadie invierte en una propiedad frente al mar solo porque tiene tres recámaras y dos estacionamientos.
Claro, la función importa.
Pero lo que realmente mueve la aguja es otra cosa: la emoción detrás de la función.
Déjame contarte:
Hace unos meses estaba mostrando un departamento en Puerto Morelos.
El cliente —un empresario serio, de esos que hacen Excel por diversión— me dijo:
—Chema, necesito saber la plusvalía proyectada, la tasa de retorno y el costo anual de mantenimiento”.
Yo le di los números. Claros, precisos, reales.
Pero noté algo.
Cada vez que abría la cortina y dejaba entrar la vista del mar, se quedaba callado unos segundos.
Ahí no había Excel que valiera.
Eso era pura emoción.
Y eso es exactamente lo que pasa en cada compra inmobiliaria:
El cerebro busca razones lógicas para justificar lo que el corazón ya decidió.
Mis admirados hermanos Montiel lo explican así: “La lógica justifica la compra, pero la emoción la dispara.”
El gran error es pensar que la decisión es una o la otra.
No. Son las dos.
- La función (los números, la ubicación, la plusvalía).
- La emoción (la vista, el estilo de vida, el orgullo de decir “tengo una propiedad en la Riviera Maya”).
Un buen asesor inmobiliario no te vende ladrillos.
Tampoco humo.
Lo que hacemos es alinear la emoción con los números, para que tengas la certeza de que tu inversión no solo te ilusiona, también funciona.
Así que te dejo esta pregunta:
¿Quieres que te muestre un proyecto solo con funciones (metros, ROI, tasas)… o prefieres ver cómo esas funciones se convierten en la emoción de tener un activo que disfrutas y que además crece en valor?
Respóndeme con un simple: “Muéstrame” y lo hacemos juntos.
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